sábado, 24 de octubre de 2009

“SERÍAMOS MÁS INTELIGENTES SIN SARAMAGOS”

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NOTA: El siguiente artículo es una respuesta a las últimas declaraciones (que recomiendo leer antes de la presente crítica) del escritor portugués publicadas en Revista Ñ, y disponible en: http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2009/10/22/_-02024502.htm
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Es extraño que un filósofo reaccione ante alguna declaración de algún “artista”, pero a lo largo de mi formación intelectual he estudiado Teología y, muy especialmente, exégesis histórico-crítica de las Sagradas Escrituras, y, francamente, estoy un tanto harto de soportar respuestas, declaraciones, idioteces, que algún “ateo ordinario” quiera utilizar para captar la atención que no puede alcanzar con sus obras, a manera de promoción, o anticipación de su “creación”, que tan siquiera tiene como objeto en sí lo que es “dicho” en entrevistas publicitarias. En efecto, así, sistemáticamente, procede el Sr. Saramago. “Impunidad literaria” puede tener cualquiera, pues la literatura es una forma de arte, y en la obra uno puede expresarse de un modo libre. Pero este tal Saramago, es un simple periodista y ensayista! que últimamente ha ignorado la diferencia de géneros (discursivos y literarios) existentes, aunque no el gran impacto mediático que pueden tener algunas declaraciones que, para algunas personas, lo tomarán como referente en materia de pensamiento y cultura. En efecto, a guiarse por sus propias palabras, en materia de “cultura religiosa”, José Saramago no hace más que demostrar ser un completo ignorante o, lo que es peor, un hombre falaz: quiere, bajo el ropaje de la “libertad literaria”, suplir su ignorancia con su fantasía. ¿Importa? Si la gente común no sabe: ad ignorantiam, le llamamos en filosofía a este tipo de falacias, y es lo que el escritor no cesa de cometer al hablar de asuntos religiosos, entre otros muchos. El Nobel no le concedió mayor sapiencia de la que no tenía. Remitir a “el Nobel de Literatura” (1998) en materia de “religión” o “actualidad” es otra falacia: ad verecundiam, le dicen a ésta. ¿Debo mencionar el olvido estúpido y necio de José Saramago de todas las obras de beneficencia, de caridad fraterna, y en favor de la vida que han hecho “las religiones”, y tantos “hombres religiosos” (Gandhi, Martin Luther King, Madre Teresa, entre los más nombrados), inspirados también en la “Biblia” –y sus gestos grandiosos que no pueden dejar de considerse por respeto a la realidad, y a la Historia, más allá de toda creencia?
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Por sus declaraciones recientes, queda evidente, que el “periodista” portugués, devenido en “ensayista”, no ha leído más que un puñado de pasajes de la Biblia, al azar y de modo demasiado tendencioso (ateo, “sin interés”, como se deriva de sus declaraciones –pues afirma que la Biblia no le llama la atención, sino, por supuesto, más que para robar argumentos y elementos para escandalizar a un montón de gente que su “sereno resentimiento comunista y ateo” le lleva a herir en su susceptibilidad). Ni siquiera la dignidad tuvo de realizar el esfuerzo de acometer un estudio, una “introducción seria” a las Escrituras –cosa exigible a un “pretendido intelectual” de su “talla nobelesca”. Habla, escribe, escandaliza y hace dinero con lo que la gente ignora y cree “de palabra o débilmente” o a través de programas de “pseudociencia” o de algunas críticas hechas por algún cualquiera, con espacio en algún Medio de comunicación, con una cierta lógica, al menos para el oyente. Éste es el punto urticante! No tiene idea de qué está hablando –no se si por senilidad, idiotez, ignorancia o astucia comercial. Pero identificar al “Dios” con las “religiones” (es un hecho ya de suyo reprobable), y a éstas con la “Biblia” (en general) y a la Biblia, de nuevo con las “Guerras” (santas o de la índole que sea), y a éstas con los “relatos míticos del Génesis” es demasiado para cualquier investigador y estudioso serio. (Supongo que “no le estaría permitido”, en efecto, a un “creyente –ya sea judío o cristiano– serio”, tampoco “burlarse” del ateísmo.) Además, cuánta desfachatez hay en este infantil y falaz escritor miembro del Partido Comunista Portugués que, en 1965, celebró el VI Congreso del PCP guiados por el Documento de Álvaro Cunhal El camino hacia la victoria -Las tareas del Partido en la Revolución Nacional y Democrática-, que no contenía, precisamente, palabras de paz y fraternidad, precisamente!

Un cuatrimestre de Teología hubiera cursado este periodista ateo y haragán y ni su Evangelio según Jesucristo (1991) ni su Caín (2009) hubiesen visto la luz, porque hubiese aprendido un par de códigos de respeto por aquellos que consideran a los textos que constituyen las Sagradas Escrituras páginas con un hondo contenido “místico” o espiritual, y la intención estrictamente “teológica” de los autores que compusieron estos relatos considerados por muchos, durante siglos, como “sagrados”. En efecto, José Saramago, cometiendo un craso error, llama “Biblia” al puñado de pasajes que leyó sin ningún criterio y formación! El Evangelio, por ejemplo, que forma parte de “la Biblia” a la que él se refiere, y que tampoco se detuvo demasiado en leer antes de componer su anterior controvertida obra acerca de Jesús de Nazareth, no es más que la propuesta de una vida de fraternidad y respeto por los que nos manda llamar “hermanos”, al igual que el mandamiento del “no odies a tu hermano… Ama a tu prójimo como a ti mismo” –del libro del “Levítico” de la Toráh, capítulo 19:17-18. ¿Y Caín? Es un personaje de un hermoso relato mitológico del año 900 a. JC. que trata de ser un signo para explicar, en lenguaje simbólico, el “origen” del odio entre hermanos del modo en que era habitual en aquellos años plagados de “dioses antropomórficos” (con rasgos humanos), como el que sopla a su escultura de barro y hace así al hombre… ¿Y las Guerras “en nombre de Dios”? Macabro plan de los hombres, fanáticos religiosos, que usaron a la Religión en un sentido idéntico al de José Saramago: a su antojo y con extrema senilidad, idiotez, ignorancia o astucia comercial, como el escritor utiliza y considera a la “Biblia”.

“Sin duda seríamos mejor sin Saramagos”, pues no sólo esta clase de gente no aportan nada al pensamiento universal, sino que hacen pensar (y tomar) “en serio” sus delirios literarios, queriendo convencer a sus oyentes y lectores desprevenidos que posee algún tipo de rigor sus opiniones, engañando del modo más soberbio y simplista. Por eso, “seríamos más inteligentes sin Saramagos” –concretamente, sin él y sin sus obras sobre Jesucristo y sobre los míticos personajes del Génesis, pues si no hubiese imaginado tanto y tan delirantemente, tal vez alguna persona hubiese tenido necesidad de “imaginar por sí misma” acercándose a “la Biblia” un conjunto de libros religiosos que fueron malinterpretados desde que fueron escritos por todo tipo y clase de personas, no de un modo diferente, en su gravedad, a como ahora debemos soportar la difusión de la interpretación absolutamente infundada y ficticia de este hombre que aprendió el arte de leer la Biblia burlándose y literalmente; dos cosas imperdonables. Un ateo “no puede” leer la Biblia (que es un libro religioso) con la intención de burlarse e interpretarla de cualquier modo, a menos que sea un idiota lleno de resentimientos y complejos –del mismo modo que yo no leería, de modo incompleto y siguiendo ningún orden y criterio, una “Biblioteca comunista” con el solo fin de criticarla, o tomar argumentos para mis ensayos, o no compondría una pretendida “biografía imaginaria” sobre Marx y la Revolución (o sobre el “mecánico” que fue José Saramago), así como tampoco me burlaría del Manifiesto, simplemente porque no soy comunista.

Se ha excedido una vez más José Saramago, y los que nos dedicamos a estudiar con seriedad “algunos asuntos” no podemos tolerar que la gente crea que sabe de qué está hablando, y engañe con sus tergiversaciones arbitrarias a quienes no han tenido la suerte de cierta formación intelectual. Sabido es que algunas “religiones” han sido fuentes de disensiones y hasta guerras; y que las interpretaciones de “la Biblia” han sido más o menos solidarias de algunas interpretaciones dogmáticas que contribuyeron, indirectamente, a la formación de estas conciencias religiosas. Ahora bien, si este Nobel ordinario hubiese tenido un décimo del genio del autor de los capítulos 2, 3 y 4 del libro del Génesis (consideremos que estos relatos datan del siglo IX a. JC.!) le volaría su torpe cabeza que, hace años, suple el conocimiento por la imaginación, y que abandonó el periodismo para suplir la “historia”, hace años, por el resultado de su “fantasía”. Claro que esto es más fácil, menos trabajoso y más rentable, pero también esto es el comienzo de su decadencia personal: el modo de quedar, frente al mundo intelectual, como un completo ignorante.

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